Cultura animal
Miguel
Miguel
| 03-06-2026
Equipo Animal · Equipo Animal
Durante mucho tiempo, la cultura fue una de esas prerrogativas con las que al ser humano le encantaba distinguirse del resto del reino animal. La idea era sencilla y reconfortante: el hombre crea cultura, los animales se rigen por el instinto.
De hecho, una de las tesis clásicas en culturología afirma que la cultura es el conjunto de ideas, normas socioculturales y artefactos que comparten y transmiten los miembros de una sociedad determinada.
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Esa frontera que se tambalea

Pero esa frontera ha empezado a difuminarse en las últimas décadas. Los etólogos y los biólogos tropiezan cada vez más a menudo con casos en los que los animales no se comportan solo siguiendo un manual genético, sino que aprenden unos de otros, adoptan costumbres e incluso las desarrollan. Así, las orcas que cazan de maneras distintas según el grupo al que pertenecen, los chimpancés con tecnologías regionales distintas o los cachalotes que se transmiten sus propios patrones de comunicación ya no parecen simples curiosidades aisladas.
El antropólogo británico Edward Burnett Tylor definió en el siglo XIX la cultura como "ese todo complejo que incluye el conocimiento, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y cualesquiera otros hábitos y capacidades adquiridos por el hombre en cuanto miembro de la sociedad".
Su definición se sigue citando hoy precisamente porque subraya algo esencial: la cultura no es innata, sino aprendida. El antropólogo estadounidense Clifford Geertz desarrolló más tarde esta idea y describió la cultura como un sistema de significados compartidos que las personas crean y en el que viven.

Lo que dice la biología

Precisamente sobre esta definición se apoya también la concepción biológica actual. "La cultura no son solo las pinturas rupestres o las sinfonías, sino el comportamiento compartido que se aprende y se transmite", subraya el primatólogo Frans de Waal. Este cambio de mentalidad abrió la puerta a la pregunta de si no estarán ocurriendo procesos parecidos en otras especies.
Y aquí es donde empiezan a aparecer grietas en la idea tradicional de excepcionalidad. Si definimos la cultura como un comportamiento aprendido y compartido que se transmite entre individuos, algunas manifestaciones animales encajan en este marco de un modo sospechosamente bueno. Los científicos hablan cada vez más de protocultura, una especie de escalón intermedio entre el instinto y la cultura humana plenamente desarrollada.

Tecnología y moda entre primates

Los chimpancés figuran entre los ejemplos mejor estudiados de lo que hoy se denomina cultura animal. Distintos grupos a lo largo de África utilizan herramientas y técnicas diferentes, incluso cuando viven en condiciones similares. En algunos sitios cascan nueces con piedras, en otros usan ramas o las abordan de manera totalmente distinta. Y no se trata de casualidad ni de dotación genética, sino de un comportamiento aprendido que se transmite dentro del grupo.
"Los chimpancés tienen formas diferentes de hacer las cosas, y esas diferencias no las determina el entorno, sino la tradición", insiste De Waal. Junto a estas tecnologías aparecen también costumbres sociales que, con un poco de humor, casi podríamos llamar moda.
Comunidades distintas tienen sus propias maneras de acicalarse, gestos específicos o rituales que se mantienen solo porque los demás los practican. Las crías los adoptan por imitación y los aprenden poco a poco. "Los chimpancés muestran diferencias culturales que se propagan mediante el aprendizaje social y pueden acumularse en el tiempo", apunta el psicólogo Andrew Whiten. No parece una simple copia mecánica, sino un proceso que puede conducir a un perfeccionamiento gradual: el germen de una auténtica cultura.
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Cetáceos con identidad propia

Las orcas llevan el debate un paso más allá. Las distintas poblaciones no solo se comportan de manera ligeramente distinta, sino que en esencia viven estilos de vida diferentes. Algunos grupos se especializan exclusivamente en pescar, otros cazan mamíferos, y a ello corresponden estrategias de caza a menudo sorprendentemente elaboradas. No se trata de una reacción al entorno, sino de técnicas aprendidas que se transmiten dentro del grupo. "Las tradiciones culturales de los cetáceos determinan qué comen y cómo viven, y pueden ser más importantes que la genética", advierte el biólogo marino Hal Whitehead.
Más interesante aún es la comunicación de las orcas. Los distintos grupos poseen lenguajes propios, o más bien conjuntos específicos de sonidos, gracias a los cuales se reconocen entre sí. Las crías aprenden estos patrones vocales de los adultos y permanecen estables durante generaciones. Surgen así linajes que se mantienen unidos no solo por la genética, sino precisamente por una forma compartida de comunicarse y de comportarse. "En las orcas vemos grupos culturales que difieren tanto que casi funcionan como sociedades separadas", resume el ecólogo del comportamiento Luke Rendell.
Algo parecido ocurre con los cachalotes. Su comunicación, basada en chasquidos rítmicos, no es un simple intercambio de señales, sino que presenta rasgos de sistema estructurado. Grupos distintos emplean patrones de chasquidos diferentes, a modo de dialectos. Estas señales sonoras no se transmiten genéticamente, sino por aprendizaje, y permanecen estables generación tras generación.
Los individuos se agrupan según este dialecto, no solo por parentesco, y aunque grupos diferentes coincidan en las mismas aguas, a menudo apenas interactúan. Los patrones compartidos crean así fronteras que recuerdan a una identidad cultural. "Las diferencias culturales entre los cachalotes pueden ser tan fuertes que determinan quién pasa tiempo con quién", añade Rendell.
Todo esto sugiere que la frontera entre el ser humano y las demás especies no es tan nítida como parecía durante tanto tiempo. Si por cultura entendemos un comportamiento compartido y aprendido, que se transmite entre individuos y perdura en el tiempo, algunas especies cumplen este requisito de un modo más que convincente. La pregunta que flota en el ambiente es si la cultura no será un invento exclusivamente humano, sino más bien una capacidad evolutiva que en nosotros simplemente alcanzó una amplitud sin precedentes. Quizá no seamos los únicos que tenemos tradiciones, simplemente somos los que más las hemos complicado.