Adiós a la biodiversidad
Antonio
Antonio
| 03-06-2026
Equipo Animal · Equipo Animal
Las especies vegetales y animales desaparecen de la faz de la Tierra a un ritmo sin precedentes; algunas estimaciones apuntan a la pérdida de hasta 150 especies al día.
Los huecos que dejan los ocupan especies versátiles que prosperan junto al ser humano, como las palomas, las ratas o las cucarachas. ¿Qué consecuencias tendrá la pérdida de diversidad de especies?

Bienvenidos al homogenoceno

Algunos científicos llaman a esta pérdida de biodiversidad el "homogenoceno", es decir, una era en la que la vida salvaje del planeta se ha vuelto más uniforme por la acción del hombre. El proceso comenzó ya durante la última glaciación, cuando los humanos cazaron grandes mamíferos como los mamuts o los perezosos terrestres gigantes hasta extinguirlos, y continúa hasta hoy. A lo largo de los 11.700 años del Holoceno —la época posterior a la última edad de hielo— se talaron bosques y se desbrozaron sabanas, los hábitats naturales de muchas especies, para abrir campos de cultivo, granjas y ciudades.
Adiós a la biodiversidad

Peces, caracoles y océanos heridos

Los paleobiólogos Mark Williams y Jan Zalasiewicz, de la Universidad de Leicester, creen que la situación se ha agravado en las últimas décadas. Y no se trata solo de la extinción de aves y mamíferos carismáticos; el problema afecta también a otras especies menos atractivas para el ser humano, pero que cumplen un papel insustituible en los ecosistemas de los que forman parte.
Por ejemplo, los peces de agua dulce se están volviendo cada vez más parecidos entre sí, porque las barreras naturales que antes separaban sus poblaciones —cataratas, cuencas fluviales o límites de temperatura— están siendo destruidas de forma eficaz por la actividad humana. Ahí tenemos a la carpa común, criada a propósito en lagos para los pescadores, o al siluro, liberado desde acuarios domésticos y que ahora campa a sus anchas en ríos a miles de kilómetros de su área de origen. Y no acaba ahí la cosa. En los últimos 500 años han desaparecido muchos miles de especies de moluscos, y los caracoles que viven en islas se enfrentan a la invasión de especies foráneas que diezman las poblaciones autóctonas. Un ejemplo es el caracol gigante africano, considerado una de las plagas más importantes que se extienden por todo el mundo.
Durante mucho tiempo, se creyó que los humanos solo alteraban las condiciones de vida en tierra, mientras que los océanos permanecían inalterados. Sin embargo, esto no es así: una característica destacada del Antropoceno es el impacto significativo de las actividades humanas en la vida marina. La principal razón es la sobreexplotación de los recursos marinos. Los avances tecnológicos posteriores a la industrialización hicieron posible la pesca de arrastre en aguas más profundas y eficientes, pero esto también dañó gravemente las poblaciones de peces.
Otro impacto negativo es el aumento de las temperaturas y la disminución del oxígeno en el agua provocados por el uso excesivo de combustibles fósiles. Los arrecifes de coral son los más afectados. Al subir la temperatura, los corales expulsan las zooxantelas simbióticas, pierden la mayor parte de su coloración habitual y se blanquean. Los corales blanqueados siguen vivos, pero son más vulnerables a las enfermedades y al hambre. El año pasado, los expertos de la Iniciativa Internacional de Arrecifes de Coral (ICRI) publicaron una advertencia según la cual el blanqueamiento había afectado aproximadamente al 84 % de los arrecifes de coral, sobre todo en el Pacífico, el Índico y el Atlántico.
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El Antropoceno llegó al mar

Muchos animales marinos se están desplazando de los trópicos hacia el norte o el sur para escapar del calor, lo que afecta, por ejemplo, al desove de los peces. Se crean cuellos de botella que alteran el ciclo vital de las criaturas marinas, con consecuencias sobre su capacidad de reproducción y supervivencia.
Los impactos alcanzan también las profundidades oceánicas, donde los proyectos de minería submarina amenazan con dañar una vida marina que la ciencia apenas conoce. Estos cambios, similares a los que ocurren en tierra y en los ríos, no solo merman la vida en los océanos, sino que también redistribuyen las especies y borran fronteras biológicas que existían desde hacía mucho tiempo.
Los seres humanos están empezando a darse cuenta de todo lo que han provocado y tratan de reflexionar sobre los futuros proyectos para que favorezcan a la fauna salvaje, por ejemplo modificando los modelos agrícolas para utilizar menos tierra y cultivar más alimentos, o eliminando especies invasoras dominantes. De este modo quedará más espacio para la naturaleza libre. También hay iniciativas para cambiar las formas de pescar y de cultivar que protejan activamente la biodiversidad.
Williams y Zalasiewicz afirman: "Así que hay posibilidades de que evitemos las peores predicciones sobre un futuro colapso de la biodiversidad". Pero para ello, añaden, hace falta "un esfuerzo concentrado de protección de la naturaleza". El reloj corre, pero todavía estamos a tiempo de que el homogenoceno no sea el último capítulo.