La trampa del estrés

· Equipo de Ciencia
Sarah Lewis, una mujer de 46 años que durante mucho tiempo atribuyó sus fuertes dolores de cabeza a la presión laboral y a un estilo de vida agotador, jamás imaginó que detrás de aquellas jaquecas se escondía un trastorno neurológico que la dejaría en silla de ruedas. Su historia es una advertencia sobre los peligros de normalizar las señales del cuerpo y un testimonio de resiliencia frente a lo imprevisible.
Todo comenzó de manera sutil, con síntomas que parecían encajar a la perfección con el estrés. Sarah trabajaba como asistente de contabilidad de gestión, preparaba exámenes para ascender en su carrera y trataba de conciliar su vida personal con dos hijos.
Las migrañas se hicieron cada vez más frecuentes, acompañadas de dificultad para tragar y palpitaciones. Cuando acudió al médico, le dijeron que probablemente solo era ansiedad. Su cuerpo, sin embargo, estaba a punto de dar un aviso mucho más contundente.
Los síntomas que parecían estrés
La escalada fue rápida. Un día después del octavo cumpleaños de su hijo menor, Sarah notó que no podía caminar en línea recta. “Era como si estuviera borracha”, recuerda. Además, el habla se le trababa y las palabras no le salían con fluidez. Su familia la llevó al hospital de inmediato. Los médicos pensaron en un ictus o en un tumor cerebral, y durante una semana la sometieron a un sinfín de pruebas. Al final, la conclusión fue desconcertante: no había daño estructural visible y, según ellos, probablemente se trataba de un exceso de trabajo y agotamiento.
El día que su cuerpo dijo basta
Pero Sarah sabía que algo iba mal. “Mi cuerpo simplemente intervino y me dijo: ‘Ya tienes que parar’”, explica. Los problemas para tragar se intensificaron, se atragantaba y tosía al comer, y la fatiga era aplastante. A pesar de las apariencias, su organismo llevaba tiempo gritando auxilio en un idioma que nadie supo interpretar a tiempo.
El diagnóstico que lo cambió todo
Pasaron meses y las molestias no remitieron, así que buscó nuevas opiniones médicas. Por fin, en septiembre de 2023, llegó la respuesta: trastorno neurológico funcional (FND, por sus siglas en inglés). El FND es una afección compleja en la que la comunicación entre el cerebro y el cuerpo se interrumpe, sin que exista una lesión orgánica visible. Como lo describe la propia Sarah, “es como un ordenador: el hardware está perfecto, pero el software falla”. Los síntomas son involuntarios y pueden incluir desde problemas de movimiento y habla hasta alteraciones sensoriales y cognitivas.
Lo más duro, confiesa, fue que tras el diagnóstico los médicos no pudieron darle certezas sobre su evolución. Nadie le garantizó que volvería a caminar o a hablar con normalidad. “No saben si me recuperaré del todo ni cuánto durará esto”, lamenta. La incertidumbre se convirtió en su compañera diaria.
Una nueva vida sobre ruedas
Hoy, Sarah se desplaza en silla de ruedas y necesita ayuda para las actividades cotidianas. Su madre se ha convertido en un pilar fundamental. Sin embargo, lejos de rendirse, ha encontrado una manera de reinventarse. Junto a su hijo Henry, de 17 años, ha montado un pequeño negocio de repostería. “Por fin siento que tengo un propósito y una pasión”, afirma. La enfermedad, paradójicamente, ha fortalecido los lazos familiares: “Ahora mi relación con ellos es mejor que antes. A veces las lecciones más duras de la vida son las más importantes”.
Sarah cree que el agotamiento prolongado y el síndrome de desgaste profesional fueron los grandes desencadenantes de su FND. Por eso, su mensaje es claro: “Yo soy de las que tira para adelante pase lo que pase. No escuchaba las señales de mi cuerpo. Ahora sé que parar a tiempo no es un lujo, es una necesidad”. Su historia demuestra que, incluso en medio de la adversidad más inesperada, es posible encontrar un nuevo camino.