Firenze, museo al aire libre

· Equipo de Viajes
Florencia es una de esas ciudades que se quedan grabadas en la memoria mucho antes de pisarla. La cuna del Renacimiento, la capital de la Toscana y un auténtico museo al aire libre donde cada esquina parece sacada de una postal. Su catedral, sus puentes, sus plazas y sus galerías la convierten en un destino que encabeza las listas de viajeros de medio mundo.
Pero precisamente esa fama tiene un precio: las multitudes, las colas interminables y los precios disparados pueden empañar la experiencia si no se viaja con algunos trucos bajo el brazo. Aquí te contamos qué ver, cómo evitar las aglomeraciones y por qué Florencia, a pesar del turismo masivo, sigue siendo una ciudad que merece la pena saborear con calma.
El Duomo: la joya que preside la ciudad
La mayoría de los viajeros empiezan su visita por el lugar más icónico de Florencia: la catedral de Santa Maria del Fiore, conocida simplemente como el Duomo. Su cúpula renacentista y su fachada de mármol blanco la convierten en una obra maestra de la arquitectura. El complejo se compone de varias partes: el interior de la catedral, la cúpula, el campanario, el baptisterio, el museo, la cripta y la terraza. La entrada a la catedral es gratuita, pero la cola suele ser muy larga, así que conviene llegar a primera hora. Si se desea subir al campanario o a la cúpula, lo más práctico es adquirir por internet el Brunelleschi Pass, que da acceso a todos los espacios salvo la terraza.
Ponte Vecchio: un puente que no se parece a ningún otro
El segundo gran símbolo de Florencia es el Ponte Vecchio, el puente más antiguo y famoso de la ciudad. Cruza el río Arno y su estampa medieval está llena de pequeñas joyerías y tiendas de oro que se suceden una tras otra, hasta el punto de que uno casi olvida que está sobre un puente. Lo mejor es observarlo desde lejos: desde la ventana de la Galería Uffizi, desde el Piazzale Michelangelo o desde el Puente alle Grazie.
Uffizi: el Louvre florentino
Si París tiene el Louvre, Florencia tiene la Galería Uffizi. Es el museo de arte más importante de la ciudad y uno de los más célebres del mundo. En sus salas se exponen obras maestras de Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Botticelli y muchos otros, en un recorrido que abarca desde la Antigüedad hasta el Barroco tardío. La visita requiere al menos dos o tres horas, y en temporada alta es imprescindible reservar la entrada con antelación. Un pequeño secreto: desde la ventana trasera del último piso se obtiene una vista magnífica del Ponte Vecchio.
Palazzo Vecchio y Piazza della Signoria
A un paso de los Uffizi, la Piazza della Signoria es uno de los corazones de Florencia. Aquí se alza el Palazzo Vecchio, el imponente edificio de color arena que alberga el ayuntamiento desde el siglo XIII. Su patio interior es de acceso gratuito, y el museo permite descubrir estancias históricas como el Salón de los Quinientos. La torre de Arnolfo, con 95 metros de altura, regala una de las panorámicas más completas de la ciudad. En la misma plaza, la Loggia dei Lanzi y la copia del David de Miguel Ángel completan el decorado.
Otros imprescindibles
La Piazza della Repubblica, con su carrusel antiguo que brilla al anochecer, es una parada obligada. Cruzando el Ponte Vecchio se llega al barrio de Oltrarno, donde se encuentra el Palacio Pitti, una mole renacentista que alberga varios museos y la Galería Palatina con la colección de los Médici. Justo detrás se abren los Jardines de Boboli, un vasto espacio verde con estanques, fuentes y esculturas. Y a pocos pasos del Duomo, la Basílica de la Santa Croce guarda las tumbas de Maquiavelo, Miguel Ángel y Galileo Galilei, además de un claustro que invita a la fotografía.
Miradores y terrazas con vistas
El Piazzale Michelangelo es el mirador más famoso, pero también el más concurrido. Miles de personas se reúnen cada atardecer para contemplar la silueta de Florencia con el Ponte Vecchio, la torre de Arnolfo y el Duomo recortados contra el cielo. Para quienes huyen de los selfis y los autobuses turísticos, el truco es subir cinco minutos más, hasta la Basílica de San Miniato al Monte, una de las iglesias más bellas de la ciudad, con una fachada de mármol verde y blanco y un interior que guarda una impresionante capilla renacentista, mosaicos bizantinos y un techo de madera pintada. Junto a la basílica, el cementerio de las Puertas Santas esconde, entre lápidas neoclásicas y art déco, la tumba de Carlo Lorenzini, el creador de Pinocho.
En el centro, los amantes de las alturas pueden elegir entre el Campanile de Giotto (414 escalones) y la Cúpula de Brunelleschi (463 escalones). El campanario ofrece la mejor vista de la cúpula, aunque con una malla metálica que molesta un poco en las fotos; la cúpula, en cambio, regala un horizonte de 360 grados sin barreras y la posibilidad de admirar de cerca la obra maestra de Brunelleschi. Ambas opciones entran con el Brunelleschi Pass.
Bares en las alturas y un respiro entre callejuelas
Florencia también presume de rooftops con vistas al Duomo. Tosca & Nino, en la terraza de los grandes almacenes Rinascente, y View on Art son dos de los más populares entre los locales. Para quienes buscan una copa más sofisticada, SE·STO on Arno ofrece un panorama espléndido sobre el río, aunque los precios acompañan al paisaje.
En el plano gastronómico, Floret, en la azotea del concept store Luisaviaroma, fusiona cócteles y comida con un aire de jungla urbana. Para una pizza auténtica, Neromo, en el Oltrarno, cumple con creces, y los adictos al café no pueden saltarse Ditta Artigianale, donde tuestan sus propios granos.
Perderse por los chiassi
La mejor forma de escapar del bullicio es adentrarse en los chiassi, los callejones estrechos y sinuosos de origen medieval que a veces no llegan a medir ni un metro de ancho. Son el refugio perfecto para toparse con pequeñas plazas secretas, arte callejero y, en definitiva, para respirar la Florencia más auténtica. Porque, al final, lo que hace inolvidable a esta ciudad no es solo la lista de monumentos, sino la vida que se cuela por sus rendijas.