Genes sin barbarie

· Equipo de Ciencia
Hace más de mil quinientos años, la llanura húngara era un hervidero humano donde se cruzaban comerciantes, soldados y pueblos enteros.
Una ambiciosa investigación publicada en la revista Science acaba de demostrar que aquella convulsa etapa, la que siguió al desplome del Imperio Romano de Occidente, no fue una simple sustitución de población civilizada por hordas invasoras, sino un proceso mucho más complejo de integración y mestizaje.
El equipo internacional, liderado por István Koncz (Universidad Eötvös Loránd) y Yijie Tian (Universidad de Stony Brook), ha analizado el genoma completo de más de trescientos individuos y ha combinado esos datos con estudios de isótopos y arqueología para reconstruir la sociedad altomedieval de la región. Sus hallazgos desmontan varios tópicos que dábamos por sentados.
Una encrucijada genética entre Roma y el norte
Los cementerios de época romana (siglos III al V) que se excavaron en la Pequeña Llanura Húngara —un territorio clave de la antigua provincia de Panonia— muestran una herencia genética predominantemente del sur de Europa, pero también salpicada de elementos asiáticos y africanos. Es justo lo que cabía esperar de un imperio cosmopolita que conectaba Oriente con Occidente a través de rutas comerciales y militares. Sin embargo, la fotografía cambia radicalmente en las necrópolis del siglo VI: la proporción de ascendencia norteuropea se dispara, y los investigadores vinculan este vuelco con la expansión de los longobardos, un pueblo germánico que desde la actual Alemania septentrional había ido desplazándose hacia el sur hasta alcanzar el Danubio medio antes de cruzar los Alpes y establecerse en Italia en el año 568.
Migraciones que no borraban, sino que mezclaban
Pero el estudio desafía la vieja idea de una oleada migratoria arrolladora que barrió a la población local. Los análisis de isótopos —el estroncio revela si una persona creció en el mismo lugar donde fue enterrada, mientras que el carbono y el nitrógeno informan sobre su dieta— indican que los recién llegados no suplantaron a las comunidades tardorromanas, sino que se integraron en ellas de formas muy diversas. Lo más fascinante es que, mientras el perfil genético cambiaba, la cultura material y los rituales funerarios permanecían sorprendentemente estables, una advertencia contra la tentación de identificar objetos arqueológicos con etnias concretas.
Dos aldeas, dos maneras de organizarse
Quizá el descubrimiento más revelador es que comunidades con un aspecto externo casi idéntico —mismo ajuar, mismos gestos funerarios— funcionaban por dentro de manera radicalmente distinta. En el cementerio de Hegykő, cerca de Sopron, los portadores de la herencia norteuropea formaban clanes extensos y acaparaban los ajuares más ricos: armas, fíbulas de metales preciosos que denotan un estatus social elevado. En Szeleste, a medio camino entre Szombathely y Sárvár, el panorama es otro: allí las familias mezclaban antepasados del norte y del sur sin que se repitiera ese patrón de parentesco extenso, lo que sugiere una organización social completamente diferente.
"Antes creíamos que estos cementerios correspondían a comunidades rurales más o menos homogéneas, de base familiar. Los resultados nos muestran una realidad mucho más rica: aunque varios yacimientos presentaban una diversidad genética similar, la estructura social de cada comunidad era muy distinta", explica Koncz. Patrick Geary, el otro investigador principal del proyecto europeo HistoGenes, subraya que los datos confirman que ni la cultura material ni la genética equivalen automáticamente a los nombres de pueblos que aparecen en las fuentes escritas, y que lo realmente interesante es asomarse a cómo aquellas comunidades se jerarquizaban y fueron tejiendo el nuevo orden político que sustituyó al romano.