El Caos que Produce

· Equipo de estilo de vida
Algunos hábitos pueden parecer desorganizados desde fuera, pero en realidad podrían favorecer la productividad. Dejar una tarea a medias o permitir que el escritorio se desordene no siempre es señal de falta de disciplina. En determinadas circunstancias, ese aparente caos puede ayudar a mantener la mente activa, estimular la creatividad y facilitar la vuelta al trabajo.
La explicación se remonta a décadas de investigaciones sobre el llamado efecto Zeigarnik, que estudia por qué las tareas inconclusas permanecen en nuestra mente con mayor intensidad que aquellas que ya hemos terminado.
Pero la cuestión es más compleja de lo que parece y revela algo importante sobre cómo se desarrolla un trabajo de calidad: algunos de los hábitos más útiles no siempre tienen un aspecto perfectamente ordenado.
Hábito 1: Dejar el trabajo deliberadamente inacabado
Lo que la psicóloga Bluma Zeigarnik observó en los camareros también puede aplicarse al trabajo cotidiano. Un borrador abierto, una hoja de cálculo a medio completar o una presentación guardada justo cuando una idea estaba tomando forma son ejemplos de tareas que permanecen mentalmente activas.
Este fenómeno se conoce como efecto Zeigarnik. Una tarea sin terminar continúa ocupando cierto espacio en nuestra atención y puede facilitar que retomemos el trabajo posteriormente sin tener que reconstruir desde cero todo lo que estábamos haciendo.
Un estudio publicado en 2025 en Humanities and Social Sciences Communications encontró indicios de que las personas pueden recordar mejor algunas tareas inconclusas y confirmó una tendencia persistente a retomarlas.
Esa predisposición puede resultar especialmente útil cuando se trabaja en proyectos complejos. Cerrar una tarea de forma impecable solo por la satisfacción de marcarla como terminada puede eliminar precisamente esa tensión mental que mantiene vivo el siguiente paso o incluso la próxima buena idea.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre dejar algo inacabado de manera intencionada y evitarlo por ansiedad. En el primer caso, la tarea queda como un punto de partida para continuar más adelante. En el segundo, se convierte simplemente en una fuente de estrés.
Hábito 2: Permitir cierto desorden en el espacio de trabajo
La cultura de la eficiencia suele asociar un escritorio limpio con una mente organizada. Sin embargo, la psicóloga Kathleen Vohs puso en duda esta relación a través de una conocida línea de investigación.
Según un estudio publicado en 2013 en Psychological Science, Vohs y sus colaboradores descubrieron que las personas que trabajaban en espacios visiblemente desordenados generaban ideas más originales y menos convencionales que quienes se encontraban en ambientes perfectamente ordenados.
Eso sí, investigaciones posteriores obligan a interpretar estos resultados con cautela. Un estudio de 2019 publicado en Frontiers in Psychology intentó reproducir los hallazgos y no obtuvo los mismos resultados. Por ello, la relación entre desorden y creatividad debe considerarse sugerente, pero no definitiva.
Los participantes que trabajaban en espacios ordenados también mostraron una mayor tendencia a comportarse de forma convencional, además de ser más generosos y elegir con mayor frecuencia opciones de alimentación saludable.
La posible explicación es que un entorno desordenado puede reducir la presión por seguir las normas establecidas. Los espacios ordenados y simétricos parecen favorecer comportamientos más estructurados, mientras que los ambientes menos rígidos pueden facilitar la exploración de alternativas.
Esta diferencia es importante. Para actividades que requieren precisión, como revisar cifras, corregir un contrato o comprobar datos, el orden sigue siendo muy útil. Pero para trabajos creativos y generativos, cierto grado de desorden podría favorecer algo que un entorno perfectamente organizado no siempre proporciona: un abanico más amplio de posibilidades.
Cómo funcionan juntos estos dos hábitos
En el fondo, ambos hábitos comparten una característica: requieren cierta comodidad frente a la ambigüedad y las situaciones sin resolver.
El psicólogo Arie Kruglanski desarrolló una amplia línea de investigación sobre un rasgo relacionado que denominó necesidad de cierre. Una revisión publicada en 2015 en Advances in Experimental Social Psychology explica este concepto como la tendencia a buscar rápidamente una respuesta para dejar atrás la incertidumbre.
Tener una elevada necesidad de cierre puede hacernos sentir productivos en el momento. El problema es que la primera respuesta ordenada no siempre es la mejor. La urgencia por terminar, organizar y cerrar todos los asuntos puede llevarnos a aceptar una solución simplemente porque es la más inmediata.
Quienes dejan una tarea abierta o permiten que su escritorio esté ligeramente desordenado pueden estar tolerando, aunque no sean conscientes de ello, un mayor nivel de incertidumbre durante más tiempo.
Esa tolerancia puede resultar incómoda. Precisamente por eso tantos consejos sobre productividad recomiendan lo contrario: terminar cada tarea, despejar cada superficie y organizarlo todo antes de continuar.
Pero esa incomodidad también puede tener una utilidad. Permitir que una idea permanezca abierta durante un tiempo puede facilitar su desarrollo, mientras que dejar un proyecto parcialmente iniciado puede hacer mucho más sencilla su reanudación después de una pausa.
Lo contrario también merece atención. Una persona que necesita terminar todas las tareas y despejar completamente su escritorio antes de permitirse descansar no necesariamente es más disciplinada. Tal vez simplemente tenga menos tolerancia ante la incomodidad que generan los asuntos pendientes.
El desorden también tiene límites
Nada de esto significa que convertir el lugar de trabajo en un caos sea una estrategia de productividad. El desorden excesivo puede distraer, dificultar la búsqueda de información y aumentar el estrés.
La clave está en distinguir entre desorden útil y desorganización perjudicial. Una mesa con documentos relacionados con un proyecto en curso puede mantener visualmente presente una tarea. Una superficie cubierta de objetos que no tienen ninguna relación con el trabajo, en cambio, puede convertirse simplemente en una fuente de distracción.
Lo mismo ocurre con las tareas pendientes. Dejar deliberadamente un proyecto abierto para retomarlo al día siguiente puede ser útil. Acumular obligaciones porque resulta difícil enfrentarse a ellas no lo es.
Conclusión
La productividad no siempre tiene el aspecto impecable que solemos imaginar. A veces, dejar una tarea a medias o tolerar cierto desorden puede ayudar a mantener las ideas activas, favorecer la creatividad y facilitar la continuidad del trabajo.
La verdadera lección no es abrazar el caos, sino aprender a reconocer cuándo el orden está ayudando y cuándo simplemente estamos intentando organizar las cosas demasiado pronto.
Antes de limpiar cada superficie o cerrar definitivamente cada tarea, quizá convenga preguntarse si ese pequeño desorden todavía está haciendo su trabajo. A veces, el camino hacia una mejor idea comienza precisamente donde todavía queda algo por resolver.